Gracias a IRACUNDO2010
Por Agustín Haya de la Torre
La historia del tren eléctrico limeño que empieza a funcionar luego de
un cuarto de siglo, es el fiel reflejo de los traumas que sobrellevamos
cada vez que intentamos convertirnos en una sociedad moderna y
democrática.
Recordemos que fue la propuesta de campaña de la candidatura de Jorge del Castillo allá por 1986 y que el primer gobierno de Alan García
se comprometió directamente. El planteamiento no era novedoso, ya para
entonces tenía un par de décadas la idea de un metro para Lima. Incluso se avanzaron estudios y hubo empresas interesadas en su construcción.
Las
discusiones siempre estuvieron a la orden del día. Como suele suceder
con toda iniciativa que cambie la vida de la gente, los opositores al
transporte ferroviario masivo no tardaron en reaparecer. En realidad
tampoco estas posturas negativas eran nuevas. Las tenemos desde que
Ramón Castilla echó a rodar LA PRIMERA locomotora y cuando hacia fines del siglo XIX estábamos a la vanguardia en América Latina, nunca dejaron de oírse.
En
los cincuenta del siglo pasado la contraparte defendía con ardor la
carretera y el automóvil. En sectores claves de la opinión se afianzó la
idea equivocada de que los trenes eran parte del pasado, demasiados
costosos y finalmente vencidos por la cultura del auto.
Cuando se denunciaron
irregularidades en su construcción, encontraron otro pretexto para
lanzarse contra el gobierno aprista. La actitud de Alberto Fujimori
fue increíble. Optó por paralizar las obras para no darle el galardón a
García. Recuperada la democracia la historia no mejoró del todo pues
siempre rondaba la sospecha de que el tren era la gloria del APRA. Por tanto, había que enredar nomás el trámite burocrático.
Con
el segundo gobierno aprista las cosas vuelven a marchar, no sin
dificultades por el tiempo transcurrido y la fuerza de la costumbre de
temer lo nuevo. Sacado a pulso y hasta inaugurado con premura sobre la
hora, por fin empezamos el 2012 con el bendito tren funcionando.
Los agoreros ya anunciaban el fracaso y apostaban por otros veinticinco años más de parálisis, a ver si así el APRA
desaparecía de una vez. Esta forma de pensar donde se juntan las
pasiones de la vieja oligarquía y las de los herederos de Eudocio
Ravines, es la misma que suele repetirse cuando el país enfrenta los
grandes desafíos.
Pasó con las irrigaciones de la costa, como la
de Olmos detenida por décadas, después de que la iniciara Leguía y se ha
repetido muchas veces. De cierto inconsciente melancólico resurge el
temor al futuro, a la modernización, al avance tecnológico. Las
ideologías melancólicas, aquellas que creen que cualquier pasado fue
mejor, se alían con la ineficiencia y finalmente hasta adquiere cuerpo
la idea de que las cosas queden como están.
Lo impresionante es
que a estas alturas deberíamos tener en funcionamiento cuatro ramales
del tren y nueve corredores de buses. Ojalá que nadie lo pare esta vez.
Diario la Primera Peru
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